Bancos Centrales y performance macroeconómica en América Latina
Por Martín Rapetti*
En la última semana de agosto, organizamos en CEDES un seminario sobre Bancos Centrales y Política Macroeconómica en América Latina durante los años 2000. Participaron economistas de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela que expusieron y analizaron los casos nacionales. Fue un seminario muy fructífero no sólo por lo que aprendí, sino porque me sirvió para reflexionar sobre temas que vengo pensando hace algunos años. Los trabajos presentados en el seminario aparecerán próximamente en el sitio de la Iniciativa para la Transparencia Financiera. Comparto algunas reflexiones preliminares.
Aunque creo que todos los participantes coincidíamos en esto antes de empezar el seminario, el resultado más claro fue que los países siguieron dos trayectorias diferentes. Brasil, Chile, Colombia, México y Perú vienen aplicando con sus diferencias una política macroeconómica centrada en un esquema de metas de inflación con flotación administrada de sus monedas y políticas fiscales en general coherentes con ese esquema. Las performances han sido parecidas: tasas de crecimiento relativamente altas, baja inflación, acumulación de reservas internacionales, tendencia a la apreciación real de sus monedas, primarización de las economías y mejoras sensibles en indicadores sociales como empleo, pobreza y distribución del ingreso.[1] Los economistas de estos países coincidieron en que el esperable cambio del contexto externo —suba de tasas internacionales y caída de términos de intercambio— aunque afectará negativamente a sus países, no debería provocar crisis de balance de pagos o financieras. La apreciación general fue que los países hicieron una buena gestión en términos de estabilidad macroeconómica y financiera, pero no lograron aprovechar el favorable contexto internacional para estimular el desarrollo y la diversificación productiva.
Argentina y Venezuela siguieron, en cambio, una trayectoria alternativa. Sin un esquema de política macroeconómica claro y con crecientes iniciativas expansivas en el frente monetario, fiscal y salarial, ambos países concluyen el período con sus economías estancadas, alta inflación y graves desequilibrios —precios regulados desalineados (vgr. tipos de cambio oficiales y precios de la energía), mercados negros, déficits fiscales, falta de acceso a los mercados internacional de crédito — que auguran una corrección traumática.
Un aspecto que me llamó la atención al comparar ambos grupos de países es el grado de calificación profesional de los directorios de los bancos centrales. En línea con una tendencia global, los directorios de los bancos de Brasil, Chile, Colombia, México y Perú han estado mayormente integrados por economistas con posgrados en reconocidas universidades nacionales y del exterior y con experiencia previa en gestión macroeconómica. Es interesante notar que el rasgo tecnocrático de estas apuestas institucionales no necesariamente vino asociado a otra característica usual de las bancas centrales modernas: la independencia. Por ejemplo, el Banco Central de Brasil depende funcionalmente del Ministerio de Economía y su directorio es nombrado y removido por el poder ejecutivo. En Colombia, el presidente de la Junta Directiva del Banco Central es el propio Ministro de Hacienda (con voto de igual peso que cada uno del resto de los miembros) y la Constitución Nacional establece que el banco central debe actuar en coordinación con la política macroeconómica del gobierno.
Lo interesante de estos casos es que la inexistencia de independencia de jure no ha implicado dependencia de facto. Tanto en Brasil como en Colombia, la gestión de los bancos centrales se ha realizado con un significativo margen de independencia funcional de facto. Estos casos contrastan con el argentino, en el que la carta orgánica de su banco central garantiza la independencia de jure pero no queda claro que se haya concretado de facto. Vale recordar que el argumento a favor de la independencia de los bancos centrales se ha promovido sobre la base de que la política macroeconómica puede presentar elementos de inconsistencia temporal: los decisores tienen incentivos a adoptar políticas con objetivos de corto plazo (vgr. ganar una eleccción) pero con costos que se observan recién en el mediano y largo plazo.[2] Un banco central independiente con un objetivo preestablecido (por ejemplo, baja inflación) sería un mecanismo institucional tendiente a reducir conductas cortoplacistas.
Una lectura posible del análisis comparado de los casos latinoamericanos es que el éxito en materia de estabilidad macroeconómica de los países del primer grupo podría estar más asociado a la idoneidad y experiencia de la conducción de los bancos centrales que a su independencia formal. Una hipótesis posible es que cuando los miembros del directorio son profesionales formados y respetados tienden a ser más independientes del poder político porque comprenden mejor el alcance de sus decisiones y están menos dispuestos a arriesgar su capital reputacional en estrategias cortoplacistas. Si esta hipótesis contiene algo de verdad, la idoneidad/reputación del directorio opera en cierta medida como sustituto de la independencia formal, un argumento con algunas semejanzas al desarrollado originalmente por Barro y Gordon (1983).
No quisiera que mi observación se interpretara como un alegato a favor de un superficial “credencialismo” profesional. De hecho, suscribo a la advertencia que deslizaron varios de mis colegas en el seminario respecto al peligro de que, en nombre de la tecnocracia, la conducción de los bancos centrales caiga en manos profesionales de alta calificación pero sesgados hacia una orientación teórica particular. Como en cualquier disciplina científica, en economía existe un genuino debate sobre su objeto de estudio. Me animaría a decir que en economía y particularmente en política monetaria, el genuino y riguroso debate es probablemente mayor a raíz de la precariedad de nuestro conocimiento. Esta dificultad se combate no con menos tecnocracia sino con una tecnocracia más plural. Una adecuada dosis de pluralidad teórica en la conducción de la política económica promueve la discusión rigurosa de los diagnósticos y tratamientos. Un cuerpo decisor plural tiende a ser más propenso a decisiones prudentes que minimicen los costos de adoptar políticas basadas en errores de diagnóstico o de efectividad del tratamiento. Por ello, considero positivo que la conducción de los bancos centrales esté en manos de profesionales calificados pero con matices teóricos.
*Profesor de Macroeconomía II de la FCE, UBA profesor de la Maestría en Economía y del Posgrado de Especialización en Mercado de Capitales de la misma facultad. Es Investigador Asociado del CEDES, del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP-Baires) e Investigador Asistente del CONICET.
[1] México es tal vez la excepción en términos de mejora de los indicadores sociales.
[2] Hay una amplia literatura sobre la independencia de los bancos centrales que surge a partir del trabajo de Kydland y Prescott (1977).
