¡Socorro quinto año!
Andrés López*
Hace unos días asistí a una ceremonia de entrega de medallas a los alumnos que finalizaban 5° año en el turno mañana del Colegio Nacional de Buenos Aires. Como bien lo saben todos los que han pasado por el sistema educativo, se trata de actos esencialmente sociales, en losque generalmente se dicen bellos discursos, los alumnos oscilan entre la alegría y la pena por el fin de un ciclo y los padres aplauden a los egresados, emocionados y un tanto melancólicos por el paso del tiempo pero aliviados de comprobar que sus niños no se han convertido en desertores escolares. Después todos se van, contentos, a tomar algo. Pero en la Argentina no todo es así de sencillo en estos tiempos. Y menos en “El Colegio”, como lo llaman sus alumnos y egresados, en donde se han formado tantos personajes que, para bien o para mal, han tenido influencia en la historia argentina. Al principio todo venía más o menos bien. La vicerrectora del turno mañana dijo que le había pedido a una profesora de Biología (cuyo nombre lamentablemente no registré porque el audio no era el mejor) que dijera unas palabras a los egresados. La señora estuvo muy bien, especialmente porque les recordó que si estaban ahí era producto de su esfuerzo, pero también de la suerte, y fundamentalmente de las oportunidades que habían tenido. Oportunidades que, en mi lectura, tienen que ver con que sus padres decidieron invertir tiempo y/o dinero en la educación de sus hijos, los enviaron a un colegio que seguramente ofrece una educación superior a la media, y no eligieron (o no tuvieron necesidad de) enviarlos a pedir dinero en la esquina u otras cosas peores. Y la profesora los exhortó, habiendo pasado ya esta etapa de su formación, a recordar que tenían cierta obligación de pelear porque otros menos afortunados que ellos tuvieran las mismas oportunidades. No hace falta ser ningún genio ni estar especialmente informado para saber que la igualdad de oportunidades en el sistema educativo argentino es hoy una estrella situada en una galaxia muy muy lejana, o escondida en un cada vez más grande agujero negro, y que el desempleo estructural y las dificultades para mejorar la distribución del ingreso están en gran medida asociadas a dicho fenómeno. Más aún, no es insensato pensar que esas desigualdades están en la raíz del ascenso de ciertas formas del crimen organizado en la Argentina (entre otras cosas porque generan mano de obra barata y con nulas esperanzas de ascenso social), siguiendo lo ocurrido en otras partes del mundo (e.g. para una notable ilustración del tema basada en Baltimore, Estados Unidos, ver la cuarta temporada de la excelente serie “TheWire” –y vean toda la serie, es buenísima). No creo que haya un tema más relevante para el largo plazo de la Argentina que éste, aun cuando nos siga entreteniendo el conteo de las reservas del Banco Central o de cuánto petróleo y gas se puede sacar de Vaca Muerta, o saber qué clase de gruñidos emiten las aves rapaces. Volviendo al acto, el problema empezó cuando al terminar el breve discurso de la profesora, un alumno se paró y dijo que él había pedido también decir unas palabras, y que el rector primero lo había autorizado y luego había revertido su decisión. La verdad es que por los problemas del audio y la naturaleza propia de una discusión desordenada y a veces a los gritos, me fue difícil seguir el diálogo entre la vicerrectora y el chico. En cualquier caso, lo cierto es que el rector no había autorizado al alumno a hablar y también que el susodicho no había sido elegido por sus pares para decir nada, sino que se había auto-postulado (en el mejor de los casos, con el respaldo de algunos de sus compañeros). Quizás sería apropiado que un representante de los alumnos pueda hablar en un acto de estas características (claro que designado por sus pares), pero el caso es que había habido una decisión institucional en sentido contrario. Y acá entraron en juego los padres …Porque algunos de ellos empezaron a pedir oportunistamente que dejaran hablar al chico porque querían que la cosa terminara o para pasar el mal rato, mientras otros defendían a viva voz el derecho del alumno a hablar en nombre del “espacio democrático” que representaba el colegio. Y así el acto se transformó en una asamblea (no importa si organizada o no, para el caso es lo mismo), y la vicerrectora finalmente (qué difícil es mostrar autoridad hoy por hoy) terminó aceptando el pedido. En cualquier caso, que el alumno haya conseguido hablar no debería sorprender porque en Argentina hoy parece que todo el mundo que quiere algo lo consigue, tenga razón o no (aunque si uno lo mira bien, algunos no consiguen nada o casi nada). En tanto, de democrático no tuvo nada, más bien fue una prepotencia, pero la prepotencia está justamente a la orden del día en nuestro país. Pero finalmente esto no es lo que más me molestó; que los alumnos desafíen a la autoridad es lo esperable y que militen políticamente está muy bien, después me puede gustar o no el modo y el lugar en donde lo hacen, pero ése es otro problema. Lo que realmente me hizo enojar fueron los padres (o algunos de ellos). No me quiero poner en plan “antes estas cosas no pasaban”, pero realmente da bastante pena ver, una vez más, que los adultos apañan a sus hijos (o a los hijos de otros en este caso) en las actitudes de cuestionamiento al sistema educativo (el caso que comento es menor, obvio, los padres opinan sobre todo, sobre las normas disciplinarias, las curriculas, los exámenes … creo que estábamos mucho mejor cuando nuestra mamá nos dejaba en la puerta del colegio o nos mandaba en colectivo, y solo iba a alguna fiesta escolar, o cuando la llamaban porque habías roto un vidrio jugando a la pelota). En el caso particular del Buenos Aires quizás los cuestionamientos del alumno fueran válidos, no lo sé, pero ese no era el lugar ni el momento en donde discutir esos temas (porque nadie fue a discutir nada, solo a aplaudir y quizás emocionarse, y de hecho los padres oportunistas que gritaban “que hable, que hable” empezaron a abuchear cuando el discurso se hizo largo y evidentemente político). Lo que en los sectores más vulnerables de la sociedad se expresa en acciones tales como pegarle a los maestros, en los ámbitos más “civilizados” asume la modalidad de avalar cualquier conducta de los párvulos, en nombre del libre albedrío y la “democracia”. Pero no todo puede ser “democrático”. No me voy a extender en los absurdos a los que conduciría seguir esa lógica a ultranza en el sistema educativo, pero me limito a decir que hay ámbitos en donde las jerarquías y el orden no son sinónimo de represión sino condiciones necesarias para alcanzar ciertos objetivos, en este caso que los chicos (y los maestros también obviamente) aprendan algo. Todo esto que digo seguramente puede ser cuestionado y hasta demolido por sociólogos, pedagogos o politólogos; y es probable que por buenas razones. En tanto, desde mi humilde posición de economista que ejerce la docencia y tiene hijos en el sistema escolar, levanto la mano para decir que este episodio, totalmente menor en sí mismo, me hizo pensar en dos cosas: a) Qué difícil es hacer política económica (y política en general) en una sociedad que, en todos sus estamentos, parece haber adoptado la posición del “sé lo que quiero y lo quiero ya” (y no paro hasta obtenerlo, por el mecanismo que tengo a mano, sea institucional o no). Creo que esto se vincula con la idea de Alejandro Katz sobre la “jactancia de la ilegalidad”; en el fondo lo que nos plantea esto es un problema institucional mayor, que no se resuelve con cambiar un gobierno evidentemente. b) Pero hay muchos que lamentablemente no obtienen lo que quieren o no tienen posibilidades de ampliar sus miras para ver que podrían ir más allá de lo que les ofrece el micromundo en el que viven, porque les falta algo que todos los que estuvimos aquel día en el Buenos Aires tuvimos: oportunidades. Me hubiera encantado que alguien de los que habló hubiera tomado el guante caliente que lanzó la profesora de Biología; otra vez será (o no, creo que no).
*Doctor en Economía (Universidad de Buenos Aires). Director del Centro de Investigaciones para la Transformación (CENIT). Director del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas (Universidad de Buenos Aires) y Profesor Titular Regular de dicha casa de estudios en la materia Desarrollo Económico.

